DE LAS
TRAVESURAS DE
UNAS NIÑAS QUE
VIVÍAN EN
POZUELO
Nota preliminar: Todas las peripecias aquí narradas no deben ser repetidas pues se corre el riesgo de que a las madres les dé un ataque. (a mi madre no le dio lo cual sólo significa que ella tiene un corazón a prueba de bomba)
De las travesuras de unas niñas que vivían en Pozuelo.
La primera travesura que cuenta mi madre:
Yo sólo tenía unos meses y mi hermana 2 años, vivíamos en Estados Unidos y el amigo inseparable de mi hermana se llamaba Marc.
Marc y Gigi vieron en la televisión un episodio de unos dibujos de Popeye en los que Cocoliso, un bebé, se escapaba de casa a la aventura y pensaron que ellos podían hacer lo mismo, una vez decidido, cogieron unas gasas de mis pañales y pusieron en ella todos los biberones que encontraron, (hasta los míos) los llenaron de leche y se hicieron unos cuantos sándwichs de mantequilla de cacahuete y “gely” que es una especie de mermelada.
Ataron las cuatro puntas de cada pañal al palo de un andador y se fueron de aventuras, Marc apenas tenía dos o tres meses más que Gigi, te puedes imaginar el susto de mi madre cuando creyendo que estaba en casa de Marc, paso a buscarla y se dieron cuenta de que faltaban desde muy temprano por la mañana.
Mi madre había descubierto el desaguisado de la cocina, pero pensó que les había entrado el hambre y habían cogido las cosas, pero cuando investigó más a fondo descubrió que faltaban biberones, gasas y los palos de los andadores y se imaginó que todo tendría relación con el episodio del día anterior.
Les encontraron a las 11 de la noche, menos mal que era verano, llenos de mermelada y mantequilla de cacahuete, sentados en un buzón de correos y a 30 kilómetros de casa.
La siguiente pifia es mía, ya vivíamos en Madrid y yo tendría unos tres años y como es normal dormía con pañales, pero era una niña que dormía muy poco y cuando me levantaba por la noche podía pasar cualquier cosa esa noche en concreto me creí pintora y decoré las paredes del cuarto de baño con una cosa de color marrón y que huele muy mal.
Otra noche me sentí inspirada para crear un nuevo aroma y subida al mueble del baño empece a mezclar todo lo que tenía a mano, es decir gel y colonia con perfume, jabón, champú, suavizante, en fin todo lo que tenía a mano, te puedes imaginar el enfado de mi madre cuando se despertó por el olor, más grato en esta ocasión, pero levantarte a las 4 de la madrugada y tener que ponerte a limpiar los destrozos de una mocosa que no se duerme tiene que enfadar mucho, sin mencionar que termine con todos sus perfumes caros y baratos.
Era a principios de primavera y nos fuimos toda la familia a la Base Militar, allí había parques y columpios más grandes que los que se conocían aquí y después de comer en la cafetería unas hamburguesas nos fuimos a pasar la tarde en el parque, mi prima Mª paz que era la mayor no se atrevía a subir en el tobogán grande que tenía una cadena que prohibía el paso a los menores de 12 años, yo sólo tenía 2 y medio, y el tobogán era el más alto de todos y casi siempre estaba vacío, pero como era tan rápida mi madre apenas se había dado cuenta de que me había ido y ya estaba subiendo por las escaleras del tobogán grande, mi padre salió corriendo para cogerme pero yo era más veloz y como me parecía un juego corrí más, así que cuando estaba a punto de alcanzarme me lancé, mi madre estaba abajo esperando por si me tiraba y me cogió, pero mi padre que ya había subido hasta arriba tuvo que tirarse también pues bajar por aquellas escaleras tan altas y verticales era mucho peor, para que te hagas una idea es casi la misma altura que la fachada de mi casa.
En ese mismo parque había un columpio que era cómo una escalera horizontal y cuando a mi hermana la tenían que ayudar a pasar yo ya había ido y vuelto varias veces, era como un mono.
Ya vivíamos en Pozuelo y mi madre me había comprado un traje de gitana, que me encantaba, y cómo lo tenía puesto siempre, sólo lo podía lavar cuando me iba al cole.
Cuando llegué a casa le pregunté por el y me dijo que no me lo podía poner porque estaba tendido, yo tendría unos cinco o seis años, mi madre al poco tiempo se extraño al no verme pululando cerca y se imaginó que había ido a por el traje, cuando se asomó a la ventana del segundo piso me encontró colgada de las cuerdas, yo había ido a por el traje, pero me había escurrido y me había quedado colgada de las cuerdas de tender que como ruedan me habían llevado al centro del patio, ella al verme casi se desmaya pero pudo decirme “Agárrate bien bonita, agárrate bien” y pudo cogerme de las cuerdas, aunque estuvo más de media hora en la que intentaba hablar pero sólo movía los labios pues no le salía la voz y cuando una amiga trató de darla agua para que se tranquilizase tuvo que apartar el vaso porque le temblaba todo tanto que casi lo rompe con los dientes.
En la Fuente de la Salud, antes de que existieran las casas que hay detrás de un pequeño campo de fútbol y pasando lo que entonces era un río hoy ya canalizado, había una enorme casa en ruinas que era conocida como “la casa blanca” no por nada en especial sino porque era de ese color.
Cerca de ella había un enorme almendro de tres gruesas ramas que era nuestro árbol de la merendola, allí íbamos en primavera y verano por las tardes a tomarnos todas las chucherías que podíamos comprar con el dinero que conseguíamos después de lavar coches, vender chuches a los peques a los que no dejaban ir a comprar al pueblo y vender objetos varios, como cuadros pintados por nosotras (¿te imaginas cómo eran?) éramos las gitanillas de Josefa Coca y Coca, Cris, Gigi, Helena, Michus y yo, aunque en la pandilla de la calle éramos más, Olga y Javi, María y Ana, Moncho, Carlos, Miguel y Nenuca Mónica, Javi y Tete, Javi Castellanos (Había unos cuantos Javieres)y Snoopy , la verdad es que no teníamos desperdicio y no parábamos.
Helena “de Troya” (ya imaginarás el porqué de su apodo) y yo (que me llamaban Mini Loca) éramos las más pequeñas y antes de juntarnos con la pandilla las hicimos buenas ella y yo. Siempre estábamos en la calle (sobre todo en verano) y un día desaparecimos después de comer y como era tarde y no habíamos vuelto estaban ya buscándonos por todo el pueblo, cuando llegamos yo estaba más tiesa que una estatua, pues en las horas de calor habíamos visto “una pitina un poco tutia” y nos habíamos bañado, pero como era difícil nadar en ella habíamos salido pronto, la piscina en cuestión era de hormigón de una obra cercana, me tuvieron que quitar la ropa y cortar las trenzas con una cizalla, mi madre dice que el cemento no me salió de las cejas y las pestañas hasta pasado el verano.
Recuerdo que uno de nuestros juegos favoritos era el de policías y ladrones pero para jugar teníamos primero que encerrar a Snoopy, nuestro perro, ya que si no sólo podíamos participar como ladrones pues su olfato era un arma poderosa en manos de cualquier “poli”, con solo que dijera Snoopy busca, se acababa el juego en un pis – pas.
El juego de “Polis y Cacos” era una versión algo más divertida del escondite, en el que un grupo de la pandilla (la elección se efectuaba por el método de cara o cruz) era designado como los “Cacos” se inventaban una historia acerca del robo y el grupo de los “Polis” tenía que descubrir primero el “Robo” y luego hallar la guarida de los “Cacos” y cogerlos a todos.
En casa de mis tíos también jugábamos al tesoro escondido y el pirata tenía que ir dejando pistas escritas de dónde estaba la siguiente pista para así a lo largo de diez o doce llegar al tesoro escondido que tan sólo era un papel con un cofre dibujado, cómo el juego lo solíamos hacer en las reuniones familiares, nos juntábamos sus hijos, que son cinco, Silvia, Laura, Mª luz, Susana y Cucho. Los hijos de su hermana, que son cuatro, Mabel, Tati, Sonia y Victor. Mi prima Mª Paz y nosotras dos, a veces el vecino también se apuntaba. En total doce o trece críos dispuestos a ser los que encontraran el tesoro escondido, los grupos de buscadores eran de dos o tres sí los componentes eran más pequeños.
El jardín de mi tía era muy grande (cómo cuatro veces el tuyo) así que los escondites posibles eran muchos, desde un cenador de madera, hasta la cabaña de Cucho, pasando por árboles, macizos de flores y la escalerilla de la piscina, contraventanas puertas, ventanas etc.
Eso sí teníamos una regla básica, estaba prohibido esconder pistas dentro de la casa, te imaginas lo que hubiera podido suponer que doce críos merodearan por las habitaciones buscando minúsculas pistas dentro de la casa por muy grande que esta fuera, sería como meter a un elefante en una cristalería, un desastre.
Pero en esas fiestas apenas hacíamos barrabasadas, sólo queríamos divertirnos y como nuestras edades iban desde los cuatro a los dieciséis años siempre había alguien “mayor” en el grupo que no nos dejaba hacer travesuras, aunque la mayoría de las veces las travesuras no las hacíamos a mala idea sino por la falta de conocimiento de las consecuencias de nuestras acciones, no era un afán de hacer las cosas de forma traviesa, sólo era que no sabíamos que nuestros actos podían producir daño ya fuera en nosotros mismos o en los demás.
Lo que hace que una travesura sea tal y no un acto de maldad nace de la inocencia del planteamiento, yo no me subía a una farola para columpiarme por que esa acción podría hacer que mi madre se enfadara, yo soñaba con ser la reina del trapecio y la altura de la farola era algo inverosímil o poco importante, era la forma que tenía la farola lo que me hacia columpiarme en ella pues parecía un trapecio de circo colgado de cuerdas invisibles, tal era mi imaginación.
Mi hermana siempre dice que lo que más recuerda de esos años era que mi madre y ella se pasaban la vida llamándome a gritos Miniiii… Miniiii…durante todos los días de verano y a veces en invierno, a mi me gustaba jugar con los niños más pequeños de la calle y me pasaba la tarde con ellos ya fuera con Alis a la que llevo siete años o con Tito y Tita los hijos de Enrique y Mª Carmen, como no paraba en casa y me movía tanto que podía estar en cualquier parte a mi madre y a mi hermana no les quedaba más remedio que llamarme a voces.
Pero mi hermana tampoco se quedó corta en cuestión de travesuras y ella también venía hasta que se hizo más mayor y supo qué era lo que no se debía hacer.
Con ella y Leito he patinado sobre el hielo de una piscina en una casa deshabitada, me he tirado desde la ventana del baño en el segundo piso dejando la puerta cerrada desde dentro para que mi madre no supiera que nos habíamos ido, he jugado en casi todas las obras que había entonces en Pozuelo. Burlando al guarda, pues cómo corríamos más que él rara vez nos alcanzaba, escondiéndonos si era preciso dentro de un viejo frigorífico (encendido) en casa de Cris y Michus o tirándonos desde un tercer piso con un paraguas imitando a Mary Popping una vez con los niños de la calle jugamos ha hacer pompas en el patio, pero como las habíamos preparado nosotras eran más jabón que agua y mi hermana viendo que el suelo de terrazo escurría más que una pista de hielo decidió limpiar el patio con la manguera y la pistola de presión, el resultado fue un mar de pompas de jabón, hasta tal punto que tuvimos que subir a los pequeños a la tapia porque se nos ahogaban y el jabón les tapaba ya la cara.
La verdad es que recuerdo mi infancia repleta de travesuras, pero también llena de buenos momentos.
Cómo éramos tantos niños en la calle, los veranos eran una delicia jugábamos sin parar y estábamos todo el día en la calle y gran parte de la noche porque entre que oscurecía tarde y que no teníamos “cole” al día siguiente nos daban las once y a veces las doce en la calle, eso sí después de haber cenado prontito.
No nos solíamos juntar con chicos de otras calles aunque teníamos amigos de otros lugares, pero eran como de otro bando, yo creo que esas discriminaciones estaban alimentadas por los padres, no porque ellos pensaran que eran malos ni nada de eso, pero así trataban de evitar que nos fuéramos muy lejos de la calle, Josefa Coca y Coca (La Pepa Coca cola entre los amigos) era nuestro territorio y aunque en invierno nos bajábamos a Siete Picos a patinar (Pues en una de las curvas de la calle, cómo no daba el sol, se formaba una espesa capa de hielo en la que nos encantaba patinar, pero como era en cuesta nos costo no pocas heridas.
En verano yo me escapaba aún antes de desayunar por el muro de cemento del jardín de atrás y luego trepaba por la valla de separación (que tiene una altura considerable) hasta la casa de Loli y como ella tenía una perra preciosa Snoopy me solía acompañar
En su casa solía desayunar bañarme en la piscina y Loli me enseñaba a coser botones y jugaba con migo, después, cuando en mi casa se despertaban bajaba y volvía a desayunar con ellos, (he de decir que estaba tan delgada entonces que tenía que pasar dos veces para que me vieras) pero la hiper - actividad hacía que quemara todo lo que comía y he llegado a cenar en cinco casas el mismo día y después de tal hazaña llorar porque quería más postre. (todo un número)
Una vez bailando con Alis le saque el hombro de su sitio, no era la primera vez que la pasaba, pero yo no lo sabía y me sentí fatal, a mi no me importaba hacerme daño en una travesura, pero tener la culpa del dolor de los demás y encima cuando los demás eran más pequeños que yo me dolió mucho y desde entonces no recuerdo haber hecho ninguna travesura más, empece a ser consciente de que mis acciones podían hacer daño a los demás. Tenía entonces doce años, creo que crecí.
Como entonces ya éramos mayores y nos gustaba cuidar y jugar con los peques, a mi casa venían los hijos de las amigas de mi madre, los hijos de Lola, Montse, Antonio y Belenchi, los de Adela, Ana y Fernando, de Glori solo solía venir Isa pues cómo María era más mayor se aburría y se quedaba con sus amigos, María era como nosotras, pero a ella no le gustaba jugar con sus hermanos y primos pues Lola, Adela y Glori, eran hermanas.
(¿Te has perdido entre tanta gente o aún sigues ahí?)
Jugábamos a casi todas las cosas que hacíamos cuando nosotras éramos más pequeñas eso si sin hacer travesuras.
Ya sabíamos lo que podíamos hacer y lo que no, y si teníamos alguna duda preguntábamos a un mayor.
(si el asunto era muy descabellado la pregunta la hacía uno de los pequeños, como si la idea hubiera sido suya).
Con los pequeños íbamos a patinar, a la piscina, a remar o comprar chuches, las madres nos llevaban al Club. Nos vigilaron en un principio, pero como vieron que ya no hacíamos travesuras ni dejábamos que los peques las hicieran, pronto se despreocuparon de nosotros y se dedicaron a otras cosas.
Y si mi infancia fue un sinfín de juegos y alegrías en aquel comienzo de adolescencia fue muy grato enseñar a otros niños juegos con los que yo de pequeña había disfrutado tanto.