Llegué a Pozuelo en septiembre de 1971, con cuatro años, para cumplir cinco.
Pozuelo, era por entonces un pueblo, que se ha convertido en una gran ciudad dormitorio, eso sí, con ayuntamiento.
Aquel pueblo, del cual hoy sólo exsisten los recuerdos, en la memoria de algunos, es lo que quiero rememorar.
Recuerdos de aquellos paseos por la inmensa, o al menos a mí me lo parecía, Fuente de la salud. Un hermoso "bosque" sin carreteras ni senderos prediseñados, un bosquecillo de los de verdad. Con sabor a años entretejidos entre las hojas de los viejos olmos y en las maderas de los bancos.
Allí me subí a aquellos árboles rememorando a Pinito del oro, yo, la delgaducha rubia, hija del Americano y allí viví mis más alocadas correrías de infancia.
A esa edad, el mundo que te rodea, se transforma en un inmeso parque de juegos, no me extraña que mi Madre y mi Hermana, guarden comó único recuerdo de esa época, el buscarme por todo el pueblo, yo, me dedicaba a jugar, no a pensar.
Vivía en mis sueños y fantasías y además, no paraba, soló para dormir unas cuatro horas, que recargaban mis pilas, para otra jornada de juegos, debí ser una pesadilla de hija.
Gran parte de mis correrías tuvierón lugar allí, pero no todas.
Allí teníamos "el árbol de la merendola" un hermoso almendro con tres grandes ramas adonde íbamos, cargadas de chucherías, mi hermana, las mellizas y yo, era una gran aventura pues estaba muy cerca de la casa blanca y de una gran poza.
Lo solíamos visitar los domingos después de recaudar la paga de las mellizas y aquello que sus abuelos nos daban, que solía ser otra paga igual y visitar, en mí casa la jarra, que siempe tenía dinero, eso sí, sin pasarnos.
Como pago a ese servicio, siempre le traíamos a mi madre flores de almendro, no sabíamos nada de sus alergias.
Allí jugábamos al beisbol, con el bate, la pelota y el guante, que un desalmado nos robó, no sabíamos cómo se jugaba, pero darle a la pelota, era divertido.
Por allí corríamos detras de un "fugado" Snoopy nuestro perro, pero poco era el caso que nos hacía.
El río, hoy canalizado, atravesaba la fuente de la salud y lo que hoy es el campo de futbol, que antiguamente también lo era, la plaza actual de toros y seguía hasta la poza, donde las lavanderas iban a lavar la ropa.
Caminar por aquel, parque salvaje en otoño me encantaba, se escuchaba al pisar, el sonido de las hojas secas, al tiempo que notaba la fresca brisa que te acariciaba la cara.
Ya de más mayor lo recorría, camino del colegio. Y en él celebré varios cumpleaños, yo llevaba la comida y la bebida la comprabamos en el bar de la fuente.
Fuente de la Salud, su nombre provenia de una hermosa fuente que hoy está enterrada cerca de la escalera de rocalla.
Póco queda ya de lo que fué, aunqué sé que no quedaba otro remedio, la condenada grafiosis del olmo nos dejó casi sin árboles, yo participé en la nueva construcción, por entonces estaba en la Escuela de jardinería, pero eso no evitó que me diera tánta pena, era mi sala de juegos y desaparecía entre diseños y máquinas.