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Texto leído en el centenario de la muerte de Manuel Curros Enríquez, el 10 de mayo de 2008. 

 

 

La primera vez que supe de ti,

 apenas alzaba un metro del suelo.

 

Mi madre, me recitaba tus versos,

me contaba las historias de tu vida,

 me mostraba tu obra, tu poesía.

 

De tu mano aprendí la lengua

 

 del “Único Rey Sabio”.

 

El primer latido de amor, el primer

 desengaño y el dolor de la soledad.

 

Aprendí a ver, la mágica

belleza de tu tierra.

 

 

 

Me uní a tu ira por "aquel

 

al que sólo diste Hambre en vida,

 

olvido en muerte “

 

Mis lágrimas rodaron a la muerte

de Vilinch, poeta euskaro.

 

Pero mi elogio, mi alabanza, es apenas

 una sombra de lo que por ti siento.

 

Contigo descubrí la hermosura

 

de la Virgen del cristal.

 

 

De tu mano viajé a Cuba

y disfrute de su belleza.

 

A tantas cosas y lugares,

me asomó tu verbo cadencioso,

 que hiciste que mi joven alma,

madurara al amor de un Ángel.

 

 

Lloré la muerte de tu madre,

 

abnegada y generosa.

 y te acompañé sobre aquella cuna vacía.

 

Si alguna vez alguien me preguntase

(¿Por qué escribo?)

 Le diría que leyese tus versos,

 para conmover las almas y despertar

 las sensaciones de quienes quieran soñar.

Gracias Curros,  abuelo por todas las cosas que nos has enseñado a sentir.


 

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