La verdadera historia de mi vida
La verdadera historia de mi vida, comienza con la más feliz de las infancias.
Era inocente, ignorante y con una imaginación desbordante, mentía por las cosquillitas que sentía en el estómago al pensar que me podían pillar. Jamás pensé que ser “mentirosilla” me llevaría a todo aquello que ocurrió más tarde.
Nací un domingo 22 de octubre, en el hospital Americano de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz. 2ª hija de un militar Americano y de una Madrileña ex maniquí de alta costura. Desde el 71 nos mudamos a Pozuelo de Alarcón, en dónde he vivido hasta ahora.
Nuestra calle, con la única salida de un terreno sin urbanizar al que alguien bautizó como el campillo fue un paraíso de juegos.
Del principio, recuerdo poca cosa, salvo imágenes dispersas y sin sentido, sé que fuimos pocos vecinos y que poco a poco la calle se fue llenando de niños y mayores.
El campillo era un buen atajo para llegar al pueblo sin tener que cruzar carreteras generales y en verano, después de lavar coches, regar o vender objetos varios, lo atravesábamos para ir al “churrero” a comprar chucherías, que luego revendíamos a los que por ser más pequeños, no dejaban salir de la calle.
Todo un negocio que pudimos explotar un par de veranos y con cuyos réditos comprábamos más “chuches” y nos íbamos al árbol de la merendola, un viejo almendro situado al pié de una vieja casa en ruinas, a la que llamábamos la casa blanca, no por la de Washington, si no simplemente porque era blanca.
Cerca de la casa aún quedaban búnkeres de la pasada guerra civil, que aunque nos pillaba lejana, estaba aún presente.
Pronto formamos un grupo de 4, integrado en una pandilla las cuatro marías. Cris y Mely (las mellizas) y Gigi y Mini loca (mi hermana y yo).
Nada nos gustaba más que meternos en una obra, y en un Pozuelo en construcción éramos fáciles de complacer.
Mely tuvo que separarse de nosotras durante un tiempo pues se rompió una pierna y estuvo escayolada un tiempo, que se nos hizo eterno. Y en el cual consolidamos nuestras “secretas alianzas” dejándola fuera de nuestros secretos.
La verdad es que no había ningún secreto, pero pensar que se quedaba fuera la hacía de rabiar y nos encantaba provocar su mal genio.
Mi hermana por esa época se descolgó del grupo, pues había llegado una nueva vecina, que vivía justo a nuestro lado, que era algo mayor que nosotras 4 años más que yo y 3 más que Cris y Mely, se hicieron íntimas amigas y cuya relación se conserva hasta hoy en día.
Pero a Cris y a mí se nos unió Helena “de Troya” y renovado el trío, pasamos a ser “las tres marías” Cris “la melliza” Helena “de Troya” y Mini “loca” sin dejar de mezclarnos con toda la pandilla, claro está y que eran los chicos de la calle cuyas edades eran similares.
Nuestra principal ocupación, era jugar en la calle y cuantos más nos uniéramos al juego más divertido era, hasta mi perro Snoopy, un pointer pelirrojo, se unía a nuestras correrías, por entonces estaba de moda la serie de los hombres de Harrylson y ese era también nuestro juego de moda, Polis y cacos, Snoopy iba siempre con los cacos pues sino el juego acababa demasiado rápido.
No teníamos frentes abiertos con otras calles, pero nuestra calle era sagrada, y a no ser que alguien de fuera, no fuera familia de alguien de la calle no jugábamos con él.
Creo que esta discriminación era fomentada por los padres, no por la discriminación en sí, sino para evitar que saliéramos de una zona bastante controlada y segura.
A los siete años ocurrió algo que marcó mucho uno cuantos años de mi vida, Nació Alicia. Para mí fue como una hermana pequeña, de su mano me convertí en hermana mayor, la llevaba al cine a ver películas de Disney y a las fiestas (la pobre se mareaba mucho) y yo empeñada en que se subiera a un cachivache y a otro.
Cuando llegaba el final del verano, llegaban las fiestas, el primer Domingo de septiembre, tómbolas, coches de choque, caballitos y góndola, el recinto ferial apenas daba para más y en la plaza de toros, una plaza hecha de tablones y con una farola en medio, los chiringuitos y la orquesta, olor a fritos, barbacoas, churros, pólvora y vino. Bebida que entonces ganaba por goleada a la cerveza y los cubatas.
Mi familia de aquel entonces, se componía de mi Madre, de mi hermana, de mi padre, que siempre estaba fuera de Tere, una muchacha que vivió con nosotros hasta mis siete años Snoopy un pointer precioso y listo como el hambre, El gato negro, tuerto de una perdigonazo, e independiente como todos los gato, El gato gris un suave gato de angora que nos dejó y se marcho a una comuna de gatos en un patio de una casa cercana al campillo y el cheikos una mezcla de perdiguero de Burgos y pointer que una noche de invierno decidió dormir en un sillón viejo que teníamos en el jardín y el cual al cabo de un mes, previo paso por la bañera y el veterinario, dormía en la, cama como uno más.
Los años fueron pasando, cada vez con mayor rapidez y me encontré que a los trece años ya era mujer y fumaba “esporádicamente” y aun así seguía jugando con muñecos y disfrutando de los niños más pequeños.
Mi familia comenzaba a romperse, pero yo no me di cuenta hasta que no ocurrió, mi padre llegaba tan borracho a casa que se quedaba tirado en la escalera y por encima de él, pasaban perros, gatos, niñas y mujer. Esta imagen no existe en mi memoria pero sé que ocurrió.
El dinero escaseaba y mi madre se hundía poco a poco, entre la impotencia y la desesperación de ver que todo por lo que has luchado se va a pique y no puedes hacer nada.
Pero ocurrió algo que cambio mi vida radicalmente.
Una tarde de comienzos de verano, mi padre, que dormía, desde hacía meses, en el cuarto de mi hermana, me preguntó que si quería ver unas películas con él..
“pero si no dices nada te doy un cigarro” y yo ingenua dije que vale. Las películas en cuestión, eran películas porno, yo la verdad es que apenas comprendía para qué alguien quería ver aquello.
La siguiente propuesta, fue a cambio de dejarme fumar en secreto era la de hacer lo mismo que hacían los actores, y sin pensármelo dos veces dije “vale, pero no me quito los vaqueros”
A partir de ahí los recuerdos de lo que pasó, se desdibujan, y la única imagen que aparece fija en mi mente es la de una flor amarilla y verde del papel pintado.
A los pocos días Merche, una prima de Leito al ver que tenía una cajetilla, me preguntó, pensando que se la había quitado a alguno de mis padres y le dije parte de la verdad.”Mi padre me deja fumar si no le cuento a mi madre que he visto unas películas fuertes con él”
Según salían aquellas palabras de mi boca, empecé a sentirme mal conmigo misma, había roto mi promesa de secreto y temía lo que iba a decir mi madre si se enteraba.
Merche era mayor y pensó que aquello no era normal y se lo contó a mi hermana, yo tenía 14 años y mi hermana 16 y me preguntó si eso era verdad, no sé de dónde saqué el aplomo, para decir de manera tan convincente a mi hermana que me lo había inventado todo, que ya sabía que yo era una mentirosa.
Y se lo creyó, e incluso borró el recuerdo de aquella conversación. Y yo viví una semana con el temor de no haberla convencido, pero entonces ocurrió algo que me hizo sentir peor, mis padres se separaban, es más mi padre se iba a vivir, hasta que se fuera a Estados unidos, a un hotel de la base. Aunque mi Madre me explicó que hacía tiempo que lo habían hablado, yo me sentía culpable “si me hubiera bajado lo pantalones no se iría”
Desde entonces y hasta los 22 años, viví una pesadilla, para mi memoria aquello no había ocurrido, pero bebía en exceso de hecho salía a beber, me daba asco, odiaba el mundo, que para mí se había transformado de una hermosa infancia en un infierno y a quien más odiaba era a mi misma.
Todo me daba igual y a la vez todo me hería, buscaba amor en cualquier relación y a esa edad, sólo hallaba sexo, que hacía que me sintiera aún peor, desde los 14 a los 22 años no recuerdo ni una sola noche en la que no llorase.
Sentía como si estuviera dentro de una torre, encerrada y sin escapatoria, hasta que la desesperación me mostró una salida, acabar con todo, no merecía ni el aire que respiraba, me sentía morir, de hecho, me quería morir.
Y un domingo de finales de verano, después de haber bebido hasta no recordar cómo había llegado a casa, Mi madre y mi hermana trabajaban en una inmobiliaria y estaban dormidas, decidí que no quería prolongar más mi inútil vida.
Recopilé todas las pastillas que había en casa, un bote de 100 aspirinas, varios aneuroles y no recuerdo qué más y me tomé todo.
Sabía que las aspirinas me producirían hemorragias (o eso creía) y para no enterarme de nada estuve unas dos horas, golpeándome la cabeza, tratando de romper alguna vena.
Pero la mayor de las sorpresas se produjo, cuando a la mañana siguiente, me despertó la voz de María, nuestra asistenta.
Me costó un buen rato aceptar que estaba viva y que aparte de un gran dolor de cabeza, achacable a la resaca, las aspirinas no me habían hecho nada.
Rompí las cartas que había escondido debajo del colchón y bajé a comprobar que el bote de aspirinas vacío estaba en la basura, pues tanto dudaba de mi misma, que creía que me había vuelto loca y que era todo producto de mi imaginación, pero no, ahí estaba, con los envases vacíos de lo que me había tomado.
Entonces pensé en algo que me devolvió un poco de “cordura”, me habían dado una segunda oportunidad y a partir de entonces comencé a tener conversaciones conmigo misma.
Pero yo no me merecía aquello, a lo que mi interior respondía que si no lo merecía ¿Por qué había pasado?
Pero soy una puta
Deja de serlo
Pero soy alcohólica
Deja de beber
Pero soy una mentirosa
No mientas más
Pero no me gusta como soy
Cambia, si quieres, puedes
Y Desde entonces esa frase se convirtió en la base de lo que soy hoy. SI QUIERES, PUEDES.
El cambio fue radical, comencé a estar cada vez más a gusto dentro de mi piel y mi vida de los 14 a los 22 años desapareció, al igual que lo había hecho antes y aquella tarde de verano.
Comencé en la Escuela de Jardinería y aunque la parte práctica era dura, con la parte Teórica descubrí, que no era tonta, todo lo contrario, sobresalientes y notables me hicieron retomar los estudios que había abandonado en 2º de BUP, Con mi máxima como estandarte SI QUIERES PUEDES.
En Abril de ese año me caí al salir del baño y me hice añicos el pie, confinada durante meses a una silla de ruedas puse en orden todo lo que había escrito desde los doce años.
Y comencé a escribir una novela.
Me sentía bien, podía hacer lo que me gustaba, ya que no podía hacer otras cosas. Y en septiembre de ese año, 1991 me ocurrió algo que si bien me volvió a cambiar (creo que a mejor) no supuso algo negativo, perdí la vista del ojo derecho y aunque luego la recuperé dio comienzo a una etapa de mi vida llena de “sobresaltos”
Después de una desagradable entrevista en la escuela de Enfermería, cuyo Director opinó que una “Jardinera” no era apropiada para ser auxiliar Administrativo de su Escuela, fui a la Escuela de Biblioteconomía y Documentación, en donde fui acogida con los brazos abiertos.
Me sentí totalmente aceptada e integrada y pronto aprendí a hacer un trabajo que si bien no había hecho nunca, me resultaba sencillo.
Recuerdo que en mi primer día, me sentaron en una gran mesa, con una enorme máquina de escribir eléctrica, aún embalada y Carmen Sota “mi jefa” me dijo adelante ponla en marcha.
Yo que la única máquina de escribir que conocía era una “Pluma” parecida a la ollivetti que había sido de mi abuela, pero me dije SI QUIERES, PUEDES. Me leí a fondo el manual, casi me lo aprendí de memoria y la puse en marcha, de hecho al poco tiempo todos los que usaban una igual me pedían ayuda, cada vez que querían hacer algo fuera de lo normal.
Y al poco máquina que llegaba, se quedaba a mi cargo, pues desarrollé una habilidad especial, con todo tipo de Máquinas, Copiadora, copyprinter, encuadernadora y hasta con un ordenador portátil (al que casi borro el disco duro tratando de formatear un disquete).
En octubre del 92 me saqué el carné de conducir, lo cual me dio independencia y libertad
Ese año, descubrí que tenía la posibilidad de ahorrarme algunos años de BUP y COU presentándome a las pruebas de acceso para mayores de 25 años y sin dejar 3º, me presenté, para enfermería en 1993. Justo después del examen se me terminó la colaboración social y me cogieron como becaria en el Servicio de COU. Fue allí donde me enteré de que había aprobado.
En septiembre, después de una excursión en el tren de la fresa, a Aranjuez, noté que me pasaban cosas extrañas y el neurólogo me dijo que eran “normales” al tener Esclerosis múltiple. Para mí fue la primera noticia, pues aunque en 1992 una resonancia ya mostraba manchas compatibles con enfermedad desmielinizante, no me preocupó demasiado, pero ya tenía nombre y apellidos así que decidí informarme y lo que descubrí en los libros, la verdad es que no era nada tranquilizador, Enfermedad degenerativa de etiología desconocida.
Lo cierto es que esas palabras, que habrían hundido a cualquiera, a mí que estaba viva “gracias a una segunda oportunidad”, apenas me afectaron, decidí vivir, fuese cómo fuese lo que iba a pasar, una vida normal.
El 11 de octubre, día en el cual iban a comenzar las clases, me volví a caer, esta vez parecía ser sólo un esguince, pero fueron tres y además en el tobillo que me habían operado por rotura de ligamentos cuando tenía 18 años, así que me pusieron una férula y me remitieron a mi traumatólogo.
¡Vaya comienzo de curso!
Eso sí a los 15 días, cuando me cambiaron la férula por una escayola, Un amigo me dejaba en la universidad al ir a trabajar y una compañera, que vivía “cerca” me traía a casa.
El primer día que pude ir a clase me encontré, con un examen de Bioquímica, mis comienzos iban de mal en peor, si ni siquiera sabía que era eso, cómo me iba a examinar.
Pero al estudiar Enfermería descubrí mi verdadera vocación y las prácticas fueron para mi “un vicio”.
Creo que jamás olvidaré esa etapa de mi vida, fui feliz, hacer algo que te hacía sentir tan llena y hacerlo bien, suponía para mí algo extraordinario.
El fin de semana siguiente era el cumpleaños de Maribel, mi mejor amiga y con escayola y “cachaba” no me lo perdí.
Y conocí a un chico llamado Antonio, que no bailaba, comenzamos a hablar y resultó que vivía en Pozuelo, me pidió el teléfono y cada uno nos fuimos con nuestros amigos.
El fin de semana siguiente, lo pasé en la sierra, estudiando con mi prima y unas amigas,
pero al siguiente me llamó y quedamos.
A partir de aquello nació un relación, un tanto tumultuosa, Antonio tenía muchos problemas y yo era muy consciente de ellos y en contra de mi madre, que supo de sus problemas por varios amigos de Pozuelo que le conocían y trataba de hacerme ver que no me convenía, yo, contra viento y marea estaba dispuesta a demostrarle que SI QUIERES, PUEDES.
Aquella relación, me hizo sufrir mucho, pero me dio la oportunidad de demostrarle, que en esta vida hay cosas más importantes que salir a emborracharse o a tomar coca y que lo que piensen los demás no importa, siempre que tú no te hagas daño ni a ti, ni a los demás, pero no le podía contar eso a mi madre, contárselo implicaba admitir una serie de cosas que no me permitía recordarme ni a mí misma.
Me veía reflejada en él, pero yo ya había salido del pozo y tenía que demostrarle que él podía. Quise ser su “Segunda oportunidad” y aunque me rompía como la ola en el acantilado, pude pulir las grandes aristas y mostrarle una vía real de escape.
Decidí terminar definitivamente la relación y eso que le quería de verdad, cuando el rechazo que él sentía hacia la enfermedad, no hacia mí, me llevó a rechazarla yo y entonces una noche, entre lágrimas le dije “Te quiero, pero te tengo que dejar”. Sólo espero que los dos años que pasamos juntos le dejaran huella.
Yo no podía permitirme, rechazar algo que estaba en mí, pues conocía el proceso y no era así como quería vivir.
A partir de entonces comenzaron los ingresos, los brotes y la pérdida.
Aún podía caminar sin ninguna ayuda, pero esa sucesión de recaídas hizo que fuera necesitando cada vez más ayudas.
En 1998 vi una película, en la que, una niña muy mentirosa, de unos doce años decía que su padre había abusado de ella, nadie la creía,es más la película estaba orientada como si fuera mentira, la estaba viendo con mi madre y ella también creía que era mentira, pues era una mentirosa, pero resultó ser verdad, a la hermana mayor le había pasado lo mismo, pero lo había borrado de su mente, hasta que lo recordó.
Y entonces en mi interior pregunté
¿Eres capaz de culpar a esa niña?
No por Dios.
Entonces ¿Por qué te culpas de lo que pasó?
Y de nuevo tras casi 20 años despertaron los recuerdos como si siempre hubiesen estado allí, de hecho nunca dejaron de estarlo, sólo que yo, no quería verlos.
Y entonces escribí una poesía que titulé Aquel color y se lo dije a dos amigas bajo la promesa de que no dirían nada jamás, me sentía incapaz de cargar a mi madre y a mi hermana con aquel peso.
Realmente lo creía superado hasta que el año después de los atentados de Madrid del 11 de marzo, todo volvió a renacer, a mi madre la operaban el 17 y Rosa, una amiga que se quedó con migo, pues ya no podía estar sola, fue mi paño de lágrimas y se lo conté. Me dijo que necesitaba ayuda y como a raíz del 11 M, ya había hablado con una psicóloga on-line, entre en el chat y pedí ayuda. Y la obtuve, me sentí mucho mejor, pero seguía siendo incapaz de cargar con eso a mi madre y no creí que mi hermana fuera capaz de mantener el secreto y seguir callada.
Pero el 24 de octubre compré unos discos de Mecano, que al ser antiguos estaban a buen precio y el lunes los grabé en el ordenador.
Todo se desencadenó el Martes, no podía dejar de llorar, de nuevo me sentía morir, me quería morir... Le mandé a Isabel, mi psicóloga on-line un mail pidiéndola ayuda, me hundía y no sabía porqué.
Me planteé, ¿Porqué no se lo decía a mi Madre? ¿Porqué tenía tanto miedo?¿Era para no hacerla daño o porque aún me sentía sucia?
Y decidí decírselo a mi hermana y ella sin darme opción dijo que iba a llamar a nuestra Madre, jamás agradecí tanto que no me dieran opción a opinar.
Y esa misma noche mi madre habló con mi padre, quien lo admitió, volví a respirar, no estaba loca, no me lo había imaginado, como traté de hacerme creer durante años, prefería pensar que estaba loca a saber que realmente había sucedido.
Pero lo que no nos mata nos hace más fuertes, en mi caso mucho más.
Hablar de lo que pasó sin ningún miedo me liberó y espero que mi ejemplo le sirva a alguien.
Poco después oí de la residencia de Esclerosis Múltiple y pedí plaza, me dieron centro de día y pedí residencia y también me la concedieron.
En la entrevista con la psicóloga, mi madre y mi hermana, se lo contaron y para mí fue la prueba de que ellas también, iban encaminadas a superarlo.
Esta parte de mi vida, apenas la he comentado, fuera de mis círculos más cercanos y creo que al hacerla pública hace aún menos daño.
Quizás a los que no sabíais nada os horrorice, pero creedme esta totalmente superado por mi parte y no quiero ser de nuevo una víctima, ya lo fui, no es ese el fin de mis escritos, es sólo que quiero ser lo más fiel posible a lo que pasó.
Estar en una silla de ruedas no me preocupa lo más mínimo, apenas es importante para mi, fui capaz de bailar desde ella o viajar a Londres en 2008 o representar (y muy orgullosa de ello) a una parte de la familia de Curros en el centenario de su muerte.