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EL VIAJE DE LA MOLÉCULA

 


Si agrandáramos esa pequeñísima parcela de vida como a través de un microscopio, veríamos cómo se desarrollan y cuan compleja es cada comunidad.

No sólo nos asombraría, sino que nos maravillaría de tal forma que sería posible descubrir, esa multitud de posibilidades, que hasta ahora habían sido desdeñadas por la imaginación.

Si nuestro microscopio fuera muy potente, podríamos narrar las aventuras y desventuras de una molécula de agua.

Desde que por mediación del calor, se desprendió, evaporándose, del agua del  mar.

Cuando blanca, se unió a una nube que por allí pasaba, cambiando su color por efectos de la presión y volviéndose gris oscura, hasta que un rayo la rompe y se precipita, de nuevo incolora, hacia el suelo, a velocidades de vértigo y sin paracaídas.

Y cómo, agitada, llega a la tierra árida y seca, esta la engulle apresuradamente, pues es verano, está sedienta y sabe que si no absorbe rápidamente el agua de lluvia, cuando se retiren las nubes y vuelva de nuevo el sol, toda el agua que se quede en la superficie se perderá de nuevo por el calor.

Y las nubes, movidas por el caprichoso viento, es raro que descarguen en el mismo lugar dos veces seguidas.

Una vez que la molécula de agua es escondida bajo la tierra, va bajando y bajando, cada vez más deprisa, hasta que se encuentra con una compañera y luego con otra y con otra más y sin apenas darse cuenta son millares y forman ríos subterráneos que si nada les detiene irán directamente al mar para volver a empezar de nuevo en el círculo de su evolución

Pero a nuestra molécula, el caprichoso destino le tiene preparada otra jugada y según pasa a través de una bonita gruta, una gigantesca boca la absorbe y deja de ser una simple molécula de agua para pasar a formar parte de un hermoso animal de nuestros ríos, una morsa madrugadora y buena nadadora.

Está con ella tanto tiempo, que a la molécula le parece que la vida en el exterior es apenas un sueño lejano, pero un día inesperadamente y sin saber cómo ni porqué se ve otra ver en el río, pero esta vez no está dentro de la hermosa gruta sino que siente en su propia agitación el calor del sol, no sabe si es otro verano o es el mismo que cuando dejo la gruta y fue morsa, pero tampoco le importa demasiado.

A lo largo del río, no sólo ha sido bebida por la morsa sino que multitud de peces tratan de sacar de ella el oxígeno que lleva adherido.

La molécula de agua se separa del río, ha pasado a un canal de riego, luego a la acequia de un vivero y sin saber porque vuelve de nuevo a una gruta oscura, pero muy estrecha, que la deja caer suavemente en la tierra y a la vez que se filtra por la tierra, muchas moléculas de diversa procedencia se van escondiendo entre sus recovecos.

Lleva en su interior disuelto el abono con que un jardinero alimenta a un hermoso rosal de rosas de tallo largo y nada más introducirse en la tierra es absorbida por los filamentos de la raíz del rosal, que hambriento y sediento se bebe lo que le dan y la molécula de agua deja de ser tal, poco a poco su color varía y ella, antes incolora, es ahora una molécula del pétalo de la rosa y no sólo tiene color sino que su aroma embriaga.

Convertida en hermosura, es cortada con todo el mimo que aquel hombre, jardinero de profesión, pone en la operación, es casi un ritual, cortar las rosas que adornaran sentimientos, que conseguirán un perdón, o serán la felicitación por una nueva vida, pero siempre llevando amor o cariño y trasmitiendo la emoción a nuestros sentidos, por la viveza de su color, y la intensidad de su aroma o la suavidad de su textura.

Pero en su camino de hermosura la molécula de agua se vuelve a evaporar, esta vez la separación es triste, le gustaba ser hermosa y fragante y ahora está de nuevo en una oscura gruta. Pero apenas recuerda cómo llegó hasta allí.

No sabe que unas manos delicadas la han macerado y han hecho de ella una fresca fragancia, agua de rosas y que aquella oscura gruta es un frasco de perfume.

De repente, como casi todo hasta ahora, es absorbida con violencia por una tubería blanca y es expulsada al exterior.

Se adhiere a aquella suavidad que llaman piel y es absorbida por un inmenso cráter o poro.

Ahora la molécula de agua, forma parte de una mujer, y se interna tanto en ella, que es capaz de ver por sus ojos, hasta que un día la mujer que está de parto, llora de felicidad al ver nacer a su hijo, y la molécula de agua, que está dentro de esa salada gota, se despide de ella.

Ya sin pena y sin tristeza, pues si había disfrutado al ser rosa, le gustó mucho más ser amor.

 

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